Reseña: Roma

 

Esta reseña está escrita por Rocío Silva-Santisteban.

 

Si no has visto la película, no sigas leyendo: está lleno de spoilers.

Si te pareció muy lenta y te quedaste dormido en las primeras escenas, te recomiendo que no la veas a la 1 am. Una obra maestra requiere de toda tu atención.

Un vaivén de agua, como olas, casi mojan la pantalla. Más y más olas: alguien limpia un patio. No son olas, es agua con jabón sobre las losetas; en medio, un cuadrado de luz que refleja el cielo. Pasa un avión y lo vemos en el reflejo. Maestría absoluta en blanco y negro de un maestro del cine: Alfonso Cuarón.

Estas imágenes que inician la película Roma de Cuarón (Gravedad, Y tu mamá también) sobre las trabajadoras del hogar en México, es la metáfora perfecta para entender a qué nos vamos a enfrentar: a una realidad que es imposible de ver directamente, solo la vislumbramos a través de otros reflejos, y pasa rápido como el avión.

Las trabajadoras del hogar, las sirvientas, las empleadas domésticas, las nanas, las muchachas o como las quieran llamar, forman un ejército de personas, casi invisibles, que pueblan las casas de muchas familias desde México hasta la Patagonia. Cuarón se ha inspirado en la historia de su propia nana, Liboria Rodríguez, para narrarnos una pequeña memoria en notas al margen, de una mujer mixteca que trabaja en una casa de clase media-alta en la Colonia Roma, distrito del México D.F. de los años 60.

¿Qué tiene de excepcional? Nada y todo. Cleo (Yalitza Aparicio) no viste uniforme, despierta a los niños de la casa con caricias para que vayan al colegio, es callada y reservada, habla en su lengua de origen, convive con otra colega y prima en un cuarto de dos metros cuadrados, limpia la caca del perro baldeado las losetas del patio de la casa y se enamora de un individuo que pasa por su vida como un huracán, y le deja aquello que suelen dejar los huracanes: desolación, tristeza y un embarazo que debe afrontar en soledad.

 

 

En el Perú, la patrona la hubiera despedido sin más, porque una “muchacha embarazada” solo trae problemas; en la película la patrona (Marisa de Tavira), que también ha sido abandonada, la acompaña en su situación, aunque ¿Cleo decide o no decide seguir con su embarazo? Como solía suceder en los años 60 en cualquier país latinoamericano, no había opción porque el aborto ni siquiera se contemplaba: una mujer que tenía relaciones sexuales y se embarazaba era una futura madre sin ninguna otra posibilidad. Un tamiz muy fino de esa cultura cristiana marianista se lee entre los fotogramas de esta película: Cleo solo es capaz de decirle al huracán, “estoy con encargo” y el individuo la deja sin más, en el mismo cine donde se habían citado. La escena en que Cleo sale, todavía con la ingenua esperanza de verlo regresar, y se sienta en las escaleras fuera del cine, en medio de un jolgorio de mercado de domingo, conmueve y remueve. Cuarón va cerrando el encuadre sobre la tristeza y el rostro de Cleo apagándose poco a poco.

La película relata una historia personal pero enmarcada en el universo violento de México después de la matanza de Tlatelolco en 1968. Las escenas del conflicto que Cuarón representa en la película con una sucesión de magistrales paneos se refieren al “halconazo” o la matanza de Corpus Christi: un genocidio perpetrado por las fuerzas especiales de la policía de México en 1971 con individuos reclutados en los barrios. El huracán llamado Fermín (Jorge Antonio Guerrero) representa a uno de esos fascistas, dedicado al culto al cuerpo, especialista en artes marciales, quien termina apuntando directamente a su propio hijo por nacer. La escena es brutal y, de alguna manera, un símbolo de lo que implica el patriarcado mexicano: los hijos bastardos amenazados permanentemente por la violencia de sus propios padres.

Hay dos escenas fundamentales en el último tercio de la película: aquella en que Cleo recibe del médico el cuerpo sin vida de su niña-no-nacida provocando un llanto quedo, desesperado y suave al mismo tiempo, casi sin posibilidad de luto. Y la escena en que salva a los niños de ahogarse en el mar, cuando todos empapados en la arena, se integran en un abrazo grupal. Mientras tanto Cleo solo gime despacio y llora repitiendo: “no la quería, no la quería, no quería que naciera”. Ahí se anudan todos los nudos: la culpa emerge después de la intensidad de un momento en que salva la vida de los hijos de la patrona. ¿Está traicionando a los suyos amando a los otros? Todos le dicen “te queremos Cleo” y es seguro que la quieren. Pero al llegar a casa, es Cleo la que debe recoger la ropa sucia tirada por el suelo, y preparar el batido de plátano. Porque es y no es de la familia: porque es una trabajadora del hogar.